La trialéctica del reconoscimiento

La trialéctica del reconocimiento/desprecio/rivalidad-cooperación

Francisco Mele

La trialéctica me ha permitido construir un esquema útil para organizar el material de los primeros encuentros terapéuticos de una persona o de una familia.
Podemos imaginar dos tipos de ejes: uno vertical, el de la historia de los reconocimientos y de los actos de desprecio sufridos por un sujeto; y otro horizontal que es el que trata el “aquí y ahora”, es decir, el momento presente en el cual el sujeto establece relaciones de rivalidad o de cooperación.
En el eje vertical, a la derecha, podemos escribir la historia de los momentos en los que la persona se ha sentido reconocida, evaluada positivamente o sostenida emocionalmente. Siempre en el eje vertical, pero a la izquierda, se anotarán los momentos en que la persona se ha sentido humillada, maltratada y/o desconsiderada.
Esta dialéctica del reconocimiento/desprecio ha sido elaborada por Axel Honneth y por Paul Ricoeur partiendo de la teoría del reconocimiento del joven Hegel (el de Jena) antes de escribir su Fenomenología del Espíritu.
En la parte superior del eje horizontal se pueden escribir las personas reales o imaginarias con las cuales el sujeto en cuestión vive en rivalidad o en competición. Todo lo dicho tiene que ver con el concepto de la rivalidad mimética –que he tomado de René Girard–, es decir la pregunta mira a describir y fijar las escenas de rivalidad con un amigo, con el padre, con el marido, con la esposa, con los compañeros de la escuela, etcétera.
En la parte inferior se pueden anotar las personas con las cuales el sujeto ha podido establecer relaciones de cooperación o de colaboración.

La díada rivalidad-cooperación podemos también encontrarla en la díada elaborada por Gregory Bateson, la cual corresponde a las relaciones de simetría (rivalidad continua, por ejemplo entre marido y mujer) y a las relaciones complementarias o de colaboración que encontramos en una pareja que ha resuelto el problema de la competición y de la lucha por el poder en la familia, para construir un proyecto de vida de común acuerdo.
La dimensión del presente nos permite trabajar con los personajes reales o imaginarios del sujeto y tratar de entender con quién o quienes vive su competición. Los ejemplos del eje de las rivalidades nos ilustran, entre otros, la situación de un paciente que veía como rivales a todos los jóvenes que, según él, podrían cortejar a su novia o a su esposa, más joven que él. También en estas situaciones pueden sub-entrar el miedo de envejecer y el miedo de ser abandonado por su pareja. Un paciente, que tenía una novia más alta que él, se pasaba los días calculando la estatura física de sus rivales más altos. También a veces se avergonzaba de salir de paseo con ella y otras veces se exhibía orgulloso porque su novia era alta y guapa. En este caso, la necesidad del sujeto de beber o consumir cocaína le ayudaba a sentirse superior, “el más alto de todos”. Otro caso de un joven que había terminado la comunidad terapéutica, sin haber resuelto su problema de rivalidad con los demás, gastaba todo su dinero en alquilar coches de lujo, una semana alquilaba un Mercedes, otra se paseaba con un Jaguar o una Maserati; era importante que todos los vecinos le vieran conducir un coche enorme. El resultado era que la gente veía el coche y a “malas penas” podía verle por lo bajito que era. No hablemos también de las angustias que viven algunos hombres cuando comienzan a perder los cabellos, ¡cuántos rivales se les cruzan por la calle! Respecto a las mujeres, la rivalidad que viven algunas de ellas por no poder tener hijos puede convertirse en una verdadera obsesión: el ver otras mujeres embarazadas les resulta tan insoportable como ver a los bebés de sus amigas.
Las dinámicas del sentirse reconocido o despreciado y los juegos de rivalidad o de cooperación, se originan en la familia y se consolidan en la escuela. El padre, simbólicamente, reconoce su hijo dándole su apellido y realmente le reconoce como otro, es decir, como ser único e independiente. Reconocer a un hijo quiere decir que este vino al mundo a ocupar un lugar reservado para él, antes de nacer. Al contrario, el padre vive al hijo como un rival, como una amenaza, como un aliado de la madre en sus peleas con ella o cuando no responde a su ideal de hijo.
Las vicisitudes del reconocimiento/desprecio se reproponen durante la adolescencia, período en el cual es el hijo el que tiene el poder de reconocer o no su padre como fuente de válida autoridad. Pero los adolescentes tienen la capacidad de entrar y descubrir las contradicciones de los adultos, y no siempre son tiernos en sus juicios.
La dialéctica del reconocimiento/desprecio también toca el tema de la legalidad. La familia ¿es capaz de transmitir a sus hijos el sentimiento de justicia? Vemos como reaccionan los padres cuando un hijo comete un crimen, o viene arrestado porque tiró una bomba molotov en la cancha de fútbol o porque ha robado una moto. En estas situaciones los padres se ponen siempre en defensa del “pobre hijo”. No hablemos cuando descubren que se droga, todos lo saben menos ellos, la culpa siempre es de los amigos o de la novia.
La escuela tendría que ser el lugar más adapto para construir el sentimiento de justicia, el esquema ético-moral. En la escuela entran en contraste y en conflicto la esfera particular, familiar y la dimensión social.
Mi trabajo en la prevención de las drogadicciones se basa sobre la idea de una escuela como comunidad de justicia, el lugar donde se reducen las diferencias de las clases sociales, en donde uno pueda despegarse del pensamiento autoreferencial y familiar que puede dar lugar a la defensa a ultranza de la familia, como se ven en las estructuras familiares tradicionales de tipo mafioso. La ley familiar vale más que la ley social. No quiero entrar aquí a discutir el dilema de la tragedia griega Antígona de Sófocles.
El tema de la rivalidad mimética está a la base del concepto de René Girard sobre el chivo emisario, como veremos en el parágrafo siguiente.
El concepto de lucha por el reconocimiento/desprecio presupone la teoría del conflicto inter-personal. El joven Georg W. Friederich Hegel –sostiene Axel Honneth (2002)– discute la teorías de Nicolas Machiavelli que en el Príncipe ya había sentado las bases del la lucha social como motor de la dinámica social y que Thomas Hobbes ha profundizado en su libro “El Leviatàn el de la guerra de todos contra todos”, Hegel siguiendo la teoría del reconocimiento en Fichte, propone en su tesis de la lucha por el reconocimiento entre el siervo y el patrón. Honneth sostiene que nuestra identidad está ligada al conflicto social por el reconocimiento.
Desdichadamente, dice Honneth, Hegel abandona su hipótesis de la lucha por el reconocimiento. Se trata del conflicto interpersonal. Seguramente Hegel ha sido un precursor de la teoría sistémico relacional, abandona la teoría interpersonal por su teoría del Sujeto absoluto, que en la Fenomenología del Espíritu no necesita del otro para desarrollarse.
Además de la intuición de la lucha por el reconocimiento, Honneth propone, también, el considerar las formas del “desprecio”.
La experiencia del “desprecio” acompaña al peligro de una lesión que puede devastar el yo de la persona (Honneth, 2002).
El autor sostiene que el “desprecio” es una fuerza que empuja al sujeto a luchar por el reconocimiento. Dicha fuerza es la base de la actividad política, de las luchas sociales por los derechos cívicos, por la libertad religiosa, etcétera.
Las formas de “desprecio” como la tortura, el estupro o todo lo que atañe al dolor físico, comprenden también el aspecto moral. Las personas víctimas de maltratamientos varios, más que sufrir el dolor físico por sí mismo, sufren el dolor de la impotencia, del ser indefenso, subyugados, humillados por la imposición del Otro.
El maltratamiento físico perjudica la confianza en sí mismo adquirida por medio del amor familiar o de los amigos, produciendo la vergüenza social.
Otra forma de desprecio concierne la exclusión de los derechos de la persona en la sociedad.
La reacción negativa al desprecio social puede ser la vergüenza, la rabia, el agravio y el desprecio e, incluso, la pérdida de la auto-estima y confianza en sí mismo. La persona que ha experimentado el fracaso se avergüenza de sí misma, se siente disminuida. El fracaso afecta el Yo ideal de la persona. Dicha vergüenza se siente solamente en presencia de partners reales o imaginarios, que asumen el rol de testimonios del Yo ideal humillado. La persona avergonzada no se siente con derecho de afirmar los propios derechos. En este contexto considero necesario preguntarle a la persona ¿con quién dialoga cuando “habla consigo misma”?, ¿quiénes son los interlocutores virtuales?, ¿con quién se siente en competición en su familia o en el grupo de amigos, de compañeros de la escuela, de deporte, del trabajo?, ¿quiénes son los personajes que la han despreciado o valorizado?
De todo lo mencionado hasta ahora se deduce solamente la dialéctica reconocimiento/desprecio en la construcción de la identidad de la persona; la misma dialéctica la hallamos en la terminología de Honneth, en su dimensión del amor, que comprende la familia, los amigos íntimos, las instituciones, y el reconocimiento/ desprecio social de las habilidades y cualidades de la persona.
Dado que el concepto amor presupone su existencia –aunque a menudo no se manifieste–, creo pertinente hablar, respecto a las consideraciones relativas al reconocimiento del individuo en el ámbito familiar.
Honneth sostiene que los individuos se constituyen como personas solo aprendiendo a relacionarse consigo mismos desde la perspectiva del otro, que aprueba o desaprueba su conducta; es por ello que el hombre necesita sentirse amado para poder comprender la dimensión de la comunidad ética.
En la dimensión del amor, el sujeto consolida su propia seguridad emotiva, llegando a conservar el afecto incluso después de haber recuperado la propia autonomía. En síntesis, la persona adquiere la libertad sin perder el vínculo emotivo.
En una sociedad tradicional, el valor de una persona depende de la clase social de pertenencia. En la sociedad actual, post-tradicional, el valor de una persona está en relación a lo que hace o lo que puede hacer dicha persona. Todo depende del esfuerzo del sujeto que muchas veces se siente solo en la competición social, esto lo puede mover a alienarse en grupos, hacer parte de una institución para sentirse protegido, renunciando muchas veces a su libertad personal.

La rivalidad mimética y la génesis de la violencia
Una lectura sobre la drogadicción, según la teoría de la rivalidad mimética, permite diferenciar dos tipos de sujetos: aquellos que entran y viven la competición con la lógica del todo/nada o de vida/muerte o aquellos que renuncian a la competición. Los primeros, para sostener el nivel competitivo, necesitan sustancias como la cocaína u otros estimulantes que dan la carga necesaria para ‘estar en forma’, mantenerse siempre en la cresta de la onda o ser el primero en una competición sin final. En esta tipología de persona predomina el comportamiento hipomaníaco, la omnipotencia del pensamiento, el Self glorioso , los sentimientos de invulnerabilidad, los mecanismos de manipulación del prójimo, la búsqueda insaciable del éxito –que tan presentes están en el mundo del deporte, de la política, de la industria, etcétera.
Entre los segundos se hallan aquellos al extremo opuesto, es decir, los que renuncian a la competición totalmente: los heroinómanos; personas que buscando el ser invisibles en el juego social entran, sin quererlo, en otro juego: el de la violencia sin las reglas de la sociedad y con las reglas del más fuerte, propios de la ley de la jungla.
Un buen trabajo terapéutico no puede prescindir de la confluencia de otras disciplinas, de toda la comunidad educativa, para poder desarmar la estructura de la competición extrema, obsesiva, que invade todas las esferas de la sociedad.

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