LA RAZON
Quien es el drogadicto?

EL DRAMA DEL VERDUGO Y LA VICTIMA

Publicado el 12 diciembre de 1985 en Argentina, en el diario La Razòn, secciòn Psicologia

FRANCISCO MELE

Francisco Mele es doctor en psicología clínica. Técnico de la Secretaría de Desarrollo Humano y Familia, e integrante de la Subcomisión de Prevención en el Uso Indebido de Drogas, dependiente de la Comisión Nacional para el Control del Narcotráfico y el Abuso de Drogas. En su trabajo analiza la personalidad del adicto de tal manera que llega a preguntarse: “ ¡A quién nos dirigimos! ¿Se trata de un enfermo o de un delincuente?” La sociedad lo considera un vicioso desde la religión, se intentará salvar su alma, para ciertas corrientes de la ciencia es un psicópata, modernas concepciones de la medicina, lo señalan como enfermo, y por su parte, los psicoanalistas tratarán de escuchar a ese ser-sufriente que goza en su sufrimiento.

SER a-dicto es un ser sin palabra en el espacio marcado por la transgresión. No se trata de una fórmula algebraica, sí de una fórmula problemática. La transgresión se manifiesta cuando la prescripción médica no se cumple, es ahí que se proscribe la palabra del otro. No se respeta la orden, se juega, por ello, en el campo de la burla. Se falsean las recetas, se demanda imperativamente. Se exige todo y se exige no ser molestádo. Algo nos quieren decir cuando expresan: ¡Déjennos morir tranquilos! Nos acusan por nuestras contradicciones, nuestras adiciones al café, al tabaco, al alcohol; nos acusan por consumir status, por pasearnos a altas velocidades con nuestras mujeres de turno. Ahí no nos damos por aludidos. Seguimos creyendo que son rebeldìas de seres indóciles que no encontraron aún la alegría de vivir. Pero, ¿de qué alegría podemos hablar nosotros cuando apretamos el acelerador del modelo que satisface todos nuestros deseos? Es en el campo del deseo que debemos interrogarnos e interrogar a aquel que se presenta expresado por la pulsión tanática. El adicto se satisface a costa de provocar la caída de su ser. Cae, después del viajecito que hizo a la patria de las imágenes, sin atenerse a ninguna orden y sin respetar las reglas del juego social. Dormir y soñar es necesario, pero inducir el sueño sin venerar el orden es invocar a los fantasmas. El sujeto que cae se pierde en el océano sin límites, en una noche sin luna y sin estrellas. Está extraviado en el espacio sin palabras.

Cuando falta esa palabra no hay muchas posibilidades de escapar de esa cárcel de cristal del narcisismo. En ese espacio imaginario se desarrolla el drama de aquel que no tolera los dramas cotidanos. Realiza un corte y por el mismo se sumerge en la Otra Escena. Cree dominar las puertas de la percepción a un mundo paradisíaco. ¡Quién podría disuadirlo del error!
Desde un discurso profano se lo acusará de vicioso. Desde una posición religiosa se considerará su alma como un alma enferma a la que hay que salvar. Ciertas corrientes de la ciencia psiquiátrica y jurídica, influidos por un positivismo acérrimo, lo tildarán de psicópata. Modernas concepciones médico-psicológicas lo señalarán como enfermo. Por su parte, los psicoanalistas tratarán de escuchar a ese ser-sufriente que goza en su sufrimiento.
De acuerdo a la cosmovisión positivista se diseñarán instituciones bien fortificadas para excluirlo. Posiciones más benévolas mediatizarán las relaciones a través de limpios guardapolvos, utilizando un nutrido arsenal terapéutico: psicofármacos, reuniones grupal e individuales, música, danza y talleres de terapia ocupación. Se controlará así la locura, mediante el montaje escénico de un juego teatral colorido. Se procederá a que “tome conciencia de su enfermedad”. Para Jacques Lacan, la tan mentada “toma de conciencia” es otra vuelta de tuerca del mismo juego especular.
¡A quién nos dirigimos! ¿Se trata de un enfermo o de un delincuente? Si la falta, dice Lacan, es constitutiva del ser, este ser al que nos referimos no tolera ninguna falta, por eso querrá obturarla a través de este objeto fetiche: la droga. El vacío no simbolizado lo sumerge en la angustia y el temor paranoico. Constantemente cometerá faltas, por lo que se lo medicará, sancionará, advertirá, aconsejará.
En las sociedades primitivas el ser debía pasar a través de determinados ritos por los euales se convertía en sujeto social. Nuestras sociedades modernas, marcadas por el utilitarismo, transformaron estos ritos iniciáticos en ritos de domesticación. La franja adolescente se amplió por cuestiones económicas y, como nos dice el doctor Octavio Fernández Mouján, el problema de hoy día no es tanto el ingreso en la adolescencia, sino que estriba en su salida.
Los sujetos siguen prisioneros del circuito imaginario, de ello resulta la sumisión al universo de las imágenes, tan bien silidificado por una eficiente tecnología.
Los requerimientos de una alimentación marcisística inciden en el tipo de vínculos que se establecen en función de las propias necesidades donde el otro desaparece como otro, con lo que se cae en el monólogo. Es estar a un mismo tiempo sumergido en un globo contemplando el ombligo. El símbolo de hoy puede ser el walk-man que impide toda comunicacíon; ¿será porque los jóvenes están cansados de escucharnos?
En esta estructura cerrada no hay lugar para una palabra distinta, tampoco se hace imprescindible sostener discurso alguno. A-dicción: sin dicción. Es aquel que no puede cumplir con su palabra. Promete comenzar el régimen el día lunes, dejar de drogarse el martes, quedándose en los buenos propósitos. La compulsión a la repetición tira por la borda todo plan. “La vida sueña en morir” o “la vida no quiere curarse”, nos recordará Lacan. El adicto conoce las consecuencias de su acto que no puede impedir.
Es necesario haber alcanzado un desarrollo tecnológico y un sistema de distribición formidabile para que muchos tengan a su alcance ese objeto que parece ubicarse en el lugar de la promesa de una felicidad absoluta. A los narcotraficantes no les conviene que los usuarios se mueran pronto, se acabaría el negocio. El sistema instaurado permite acceder a la muerte en cuotas. Se sostiene una deuda.
El hombre se aliena y se endeuda más, pierde así la visión trascendente de la vida. Por lo mismo el hombre pierde la sensibilidad al dolor. Se trata de evitar el dolor por todos los medios posibles, llegando al absurdo de anestesiar la zona donde se aplicará la anestesia. Esa parece ser la consigna. Tanto adormecemos nuestra sensibilidad que dejamos de experimentar no sólo el dolor, sino también la alegría. La angustia se controla mediante un espectro de productos que invaden el mercado.
¿Qué diferencias hay entre drogas lícitas e ilícitas? ¿Cuándo las drogas lícitas, como pueden ser los antiparkinsonianos o los antitusígenos, devienen en drogas peligrosas? Sucede cuando se produce en el campo de la transgresión. Toda adiccìon remite a una transgresión. El adicto mantiene una posición especial frente a la Ley con mayùsculas. La ley que se dirige a un ser libre, que apela a su responsabilidad, como dirá el Dr. Maci. La ley que nos da la libertad si somos esclavos de ella, como reza el principio republicano. Asì planteadas las eosas, el sujeto que cuestiona la Ley, queda sujetado a sus pulsiones. La problemática no se agota en la estructura individual, está intimamente enlazada con lo social, apela a la violencia que trasciende a sus protagonistas. El antroprólogo R.Girard sostiene que la estructura de la sociedad se asienta sobre el fondo de la violencia. En este sentido las sociedades instrumentan mecanismos propios de control. En los pueblos llamados “primitivos” el control de la violencia estaba en manos del sistema religioso. A través de los ritos sacrificiales se dirigía, se acotaba, la corriente brutal. Nuestra sociedad circunscribe el control de la violencia al sistema judical. Podemos en función de ello explicarnos el auge de la delincuencia, de los actos vandálicos en las canchas de fútbol o en los recitales de rock; cabría preguntarse aquì si nos hallamos entonces ante una crisis del sistema jurídico. El reverso de esa violencia externalizada conformaría el fenómeno de la drogadicción.
El adicto en su ritual se ubica en el lugar del juez que dicta su propia sentenzia. En el acto de pincharse entrega su cuerpo reproduciendo el drama del verdugo y la víctima. En ese pinchazo cree insuflarse un poco de vida, que necesita para seguir existiendo, por allí se cuela su historia.

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